El estreno del ePrix en el circuito del Jarama no solo supuso el regreso de un campeonato internacional de monoplazas a la capital décadas después, sino también una demostración de que la Fórmula E ha dejado de ser una promesa para convertirse en un producto sólido, capaz de llenar gradas y generar contexto de gran evento. Más de 30.000 aficionados acudieron al trazado madrileño, devolviéndole una atmósfera que no se vivía desde hace años.
En lo deportivo, la victoria fue para António Félix da Costa, que confirmó el dominio de Jaguar con un doblete junto a Mitch Evans, mientras Pascal Wehrlein completó el podio. La carrera, sexta cita del campeonato, se decidió en los detalles: gestión de energía, activación del modo ataque y estrategias agresivas en momentos clave. Más que velocidad pura, el ePrix volvió a demostrar que en la Fórmula E se compite con cálculo, anticipación y precisión táctica.











Para el público local, el nombre propio fue el de Pepe Martí. El piloto español firmó una actuación que va más allá de la clasificación final —noveno—: llegó a liderar la carrera durante varias vueltas ante su afición, en una apuesta arriesgada que priorizó el espectáculo y encendió al Jarama. No fue una estrategia ganadora, pero sí una declaración de intenciones de un piloto que empieza a encontrar su sitio en la categoría.
Lo que ocurrió en Madrid no se limita a un resultado. Es una señal. La Fórmula E ha encontrado en el Jarama un circuito con identidad, público y contexto para crecer. El éxito de asistencia, la repercusión mediática y la sensación general de evento consolidado abren la puerta a algo más que una cita puntual: la posibilidad real de que Madrid se convierta en parada fija del calendario eléctrico. Porque esta vez no fue solo una carrera. Fue un regreso con intención de quedarse.
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Fotografías: José Luis Pérez/IconicSport Press